
En un principio todos pensaban que el animal permanecería solamente unos días sobre la tumba y que luego el hambre o el aburrimiento lo alejarían, pero no fue así, personas que admiraban su fidelidad comenzaron a alimentarlo y a suministrarle un refugio en el invierno. Con los años Bobby se transformó en una leyenda local. A tal punto creció esta fama que en 1867 salvaron a Bobby de la perrera y además, se declaró al fiel can como propiedad del Consejo de la Ciudad.
Bobby moriría sobre la tumba de su amo en 1872, y al no poder ser enterrado en el cementerio se le construyó una fuente con una estatua en su honor no muy lejos del cementerio. Estatua que, curiosamente, fue construida mirando hacia la tumba de John Gray.